
Este año, durante la semana santa del 2022 me estoy deteniendo a contemplar un cuadro del pintor Juan de Flandes, «La Crucifixión», conservado en el Museo del Prado en Madrid.
Juan de Flandes es un pintor de origen flamenco. Se desconocen muchos aspectos de su vida, ni siquiera se sabe dónde nació. Su existencia sólo está
documentada a partir del momento en que llegó a Castilla en 1496, para asumir las funciones de pintor de la Corte al servicio de Isabel, la reina Católica, hasta la muerte de ésta en 1504. En el siglo XV, la reina fue uno de los principales mecenas del arte.
Los historiadores han tratado de reconstruir la formación artística del pintor
partiendo del estilismo y la iconografía de sus obras, dado que carecemos de
documentación. Se cree que fue seguidor de la escuela de Brujas por ciertos
paralelismos con otros grandes pintores flamencos del siglo XV, entre ellos, Jan
van Eyck.
Juan de Flandes se traslada a Palencia en 1509. Aquí, el obispo Juan Rodríguez de Fonseca le encarga la realización de «La Crucifixión» para ampliar el retablo mayor de la catedral de Palencia.
El cuadro tiene un formato horizontal, favoreciendo así la dimensión narrativa y
el paisaje. En el centro, la figura de Cristo crucificado domina la composición. En consonancia con la iconografía de los siglos XII y XIII, Juan de Flandes ciñe la
cabeza de Cristo con una corona de espinas y pinta la forma de suspender el
cuerpo en la cruz con tres clavos, al ser taladrados los dos pies juntos, dispuestos uno sobre otro.
El pintor flamenco representa a un Jesús humano, con un rostro sufriente,
dejando atrás los rostros hieráticos de la iconografía románica, que ya
anunciaban la resurrección.
Quiero destacar como Juan de Flandes no quiere reflejar sólo los hechos
históricos, sino también todo el simbolismo teológico de la crucifixión.
El evangelio de San Juan (19,31) anota: «Los judíos, como era el día de la
preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua».
Este hecho narrado por el evangelista Juan se representa en la obra pictórica
de Juan de Flandes, mostrando como del costado de Cristo brota sangre y
agua. Los Padres de la Iglesia identificaron el agua y la sangre como símbolos
del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos que están en el origen de la
Iglesia. Además, al pie de la cruz, está representada la Virgen María, con rostro de dolor contenido, y detrás de ella al Apóstol y Evangelista Juan, el discípulo que tanto amaba Jesús: «Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.» (Juan 19,25-34). Aquí, otro detalle del origen de la Iglesia: ¿Quién es María? No solo es símbolo de la Nueva Eva, sino que, Cristo pronunciando estas palabras: Juan 19,25-34, desea confiar toda la humanidad, representada por su amado apóstol, a su madre y confiar a toda la humanidad, el don de su madre. Así, Cristo siembra la primera semilla de una familia, de una casa, de una comunión, de la Iglesia. Tanto la Iglesia, como la nueva Eva, brotan de la herida del costado de Jesús, nuevo Adán . De hecho, la Virgen y San Juan apóstol ocupan en la pintura el lado del costado herido de Cristo.
El pintor flamenco recoge la tradición antigua que se remonta a los primeros
cristianos, según la cual Jesús fue sepultado en el Gólgota (en arameo
calavera), en el mismo lugar donde se erigió la cruz sobre el cráneo de Adán, el
primer hombre. Así, siguiendo los teólogos, la iconografía establece una
relación entre el pecado original y la muerte y el sacrifico redentor de Cristo.
San Ireneo, uno de los primeros grandes teólogos de la Iglesia, alude a este
paralelismo: «Como por el primer hombre todos habíamos sido encadenados a
la muerte por el hecho de la desobediencia, era necesario que, por la obediencia de Aquel que se haría hombre por nosotros, fuéramos liberados de
la muerte».
Detrás de la cruz se representa a María Magdalena a los pies de la cruz, con el
atributo iconográfico de los ungüentos, símbolo de la futura resurrección, cuyo
anuncio, será llevado por esta mujer a los Apóstoles y al mundo entero.
Quiero destacar, en particular, un personaje pintado por Juan de Flandes
mirando a la cruz, el centurión. Los Evangelios sinópticos y el Evangelio de
San Juan refieren como este hombre traspasó con su lanza el costado de
Cristo. Las Acta Pilati contenidas en el Evangelio Apócrifo de Nicodemo añade
el nombre del personaje: «Y un soldado, llamado Longino, tomando una lanza,
le perforó el costado, del cual salió sangre y agua». La tradición iconográfica medieval, representó a Longino como un símbolo de la Iglesia que reconoce al Mesías. «Por su parte, el centurión y los que estaban guardando a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: “Verdaderamente, Éste era Hijo de Dios”» (Mt 27,54).
En segundo lugar, es de notar la postura del soldado en el cuadro: de espaldas
al público y con su mano izquierda expresando admiración ante Jesús, porque
acaba de reconocerle como Hijo de Dios, no solo es imagen de conversión,
sino que permite al espectador identificarse con su contemplación, veneración, arrepentimiento y conversión.
Termino, recordando una pieza de música sacra, Cristo al morir tendea, de Fray
Marco Antonio da San Germano. Conociendo el don insondable que la muerte
de Cristo es para nuestra salvación, ¿LE DEJAREMOS POR OTRO AMOR?
Tiziana Valendino
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