• Hoy 29 de marzo de 2026, Domingo de ramos en la Pasión del Señor, escuchando la homilía de Julián Lozano, Párroco de la Parroquia San Pablo VI en Móstoles, me vinieron a la memoria dos pinturas que reproducen perfectamente las palabras de este sacerdote.

    Pero, en primer lugar comentamos las obras pictóricas.

    Las pinturas en examen son de dos pintores flamencos del barroco; los dos nacidos en Amberes: Peter Paul Rubens (1577–1640) y Anton Van Dick (1599–1641). No solo son de la misma época, sino que además, Van Dick pasó dos años trabajando en el taller de Rubens adquiriendo una gran influencia de la pintura de éste, sobre temática religiosa, mitológica y retratos.

    Rubens viajó a Italia en 1600 y conoció las obras de dos grandes pintores del Renacimiento, exponentes de la escuela Veneciana, Tiziano y Tintoretto. Pero sobre todo, descubrió a un nuevo y revolucionario pintor, Caravaggio que lo encaminaría por las salomónicas sendas del Barroco. Ahí empieza a adoptar lo que ya se convertiría en su estilo: sensualidad, colorido, y un dinamismo hasta ahora nunca visto. También, Anton, alrededor del 1620 -siguiendo los pasos de su mentor-, viaja a Italia y se interesa de las obras de Tiziano, Tintoretto, Paolo Veronese. De esa estancia italiana nace el «Cuaderno italiano»; un documento en el que, Van Dick recoge esbozos y retratos de personajes relevantes.

    La primera pintura que tomamos en consideración es la «Coronación de espinas» de Anton Van Dick (esta obra fue un regalo para su maestro Rubens). Se encuentra en el Museo del Prado.

    Anton tenía unos 20 años cuando pintó esta obra, en la que vemos una clara influencia veneciana (ese Jesús parece pintado por Tiziano, de hecho, él también hizo su maravillosa y violenta «Coronación). Van Dick representa el escarnio de Cristo relatado en los Evangelios «Los hombres que le tenían preso se burlaban de él y le golpeaban; (…) Y le insultaban». «Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían: «Salve, rey de los judíos». Y le daban bofetadas.» La escena se desarrolla en una habitación oscura, Cristo está rodeado por unos soldados -que tienen muy poco de romanos, su vestimenta es más bien flamenca del siglo XVII-. Los soldados entregan a Cristo los atributos de la Pasión: la corona de espinas con la caña como cetro, para que sea el rey que afirma ser; está atado «como cordero que fue llevado al matadero» (Isaías 53,7). Del cuadro emerge, claramente, el sufrimiento, la opresión y el silencio ante la crueldad, Él más inocente, no se defiende ni abre la boca ante sus verdugos. Jesús manso y obediente hasta la muerte.

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    Dos personas, fuera de la habitación, miran la escena. Son dos hombres: uno parece expresar tristeza, preocupación, el otro enfado, indignación. Según, mi humilde parecer, es posible que sean dos de sus apóstoles. En particular, Pedro y Juan. Según los Evangelios: «Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro». La tradición de la Iglesia siempre ha identificado a «este discípulo conocido por el sumo sacerdote», con el apóstol y Evangelista San Juan; parece que el «discípulo amado», por su evidente conocimiento de la Torá y de la cultura griega y latina, antes de seguir a Jesús durante sus tres años de vida pública, acudía con frecuencia al sanedrín y a los centros de estudios.

    Aunque, hay que subrayar que Anton Van Dick coloca a los dos apóstoles en el lugar equivocado: Cristo viene azotado en el pretorio del gobernador Ponzio Pilato por los soldados romanos, no durante el interrogatorio en casa de Caifás.

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    El perro a los pies de Cristo y con una actitud muy agresiva, me ha impactado mucho. Es posible que sea simplemente un perro de guardia, sin embargo, yo veo una analogía con un personaje muy importante en toda la pasión de Cristo, en particular en su inicio. El perro en pintura representa la fidelidad. Sin embargo, este animal tiene una actitud violenta y desafiante; ¿Quién traiciona a Jesús? «¡Salve, maestro! y lo besó. Pero Jesús le contestó: «amigo, ¿a que vienes?». ¡Amigo!: Judas de amigo fiel se convierte en el traidor. La idea, el proyecto que tenía en su cabeza según el cual Jesús, siendo el Mesía, tenía que liberar el pueblo de Israel desafía el plan misterioso de Dios; y Judas se vuelve violento.

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    Nótese, que siendo una pintura barroca: el juego del chiaroscuro, el naturalismo -y un Jesucristo bastante musculado, que podría recordar a Michelangelo (también su mentor era un admirador de este genio del Renacimiento)-, Van Dick no pinta a Jesús en un charco de sangre o inmerso en una escena truculenta, sino que prefiere centrase en el dolor espiritual de ese rostro que transmite un agotamiento extremo.

    La segunda pintura que vamos a examinar es el «Cristo Triunfante Sobre El Pecado y La Muerte» de Peter Paul Rubens. Fue creada en 1615 y se encuentra en la Galería Nacional de Arte de Washington DC.

    Se cuenta que para la obra pictórica Rubens utilizó modelos vivos. Se cree que la figura de Cristo está basada en el propio Rubens, y que los ángeles y las figuras alegóricas fueron amigos y familiares del artista.

    Rubens utiliza su característico estilo barroco en esta obra: la composición es dinámica y dramática, muestra a Cristo en el centro de la escena, con una gran fuerza y ​​vigor (es conocida su devoción por Miguel Ángel), con los brazos abiertos y las piernas firmes, como si estuviera a punto de saltar hacia el espectador. El color juega un papel importante en la obra, con una paleta rica y vibrante.

    Cristo triunfante está rodeados por ángeles que le coronan como Rey, Señor y Mesías,

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    le proclaman Vencedor sobre la muerte y Cristo alza con su brazo la bandera de la Victoria.

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    Peter Paul Rubens pinta figuras alegóricas que Cristo pisotea con sus pies heridos por los clavos de la cruz. La serpiente simbol del diablo que tentó a Eva para que cayera en el pecado y la calavera, simbol de la muerte, consecuencia del pecado original, son vencidos por la Cruz y Resurrección de Cristo.

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    Julián Lozano afirma que la segunda lectura del Domingo de ramos en la Pasión del Señor que es la carta de San Pablo a los Filipenses (2,6-11) describe un movimiento en forma de «V». En la primera parte de dicha carta se describe la mansedumbre llena de dolor y sufrimiento de Cristo:

    «Cristo, a pesar de su condición divina,
    no hizo alarde de su categoría de Dios;
    al contrario, se despojó de su rango
    y tomó la condición de esclavo,
    pasando por uno de tantos.

    Y así, actuando como un hombre cualquiera,
    se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
    y una muerte de cruz.

    Julián describe estas palabras como un descender: «se hace esclavo -desciende-, se hace obediente -y sigue descendiendo- hasta la muerte de cruz. Este movimiento descendente llega hasta lo más hondo, lo más profundo. El que es la vida desciende hasta la muerte».

    Pero, la segunda parte de la carta de San Pablo, según el Párroco de Pablo VI, transforma el movimiento descendente anterior en un movimiento ascendente y origina la letra «V» de victoria:

    Por eso Dios lo levantó sobre todo
    y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
    de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
    en el cielo, en la tierra, en el abismo,
    y toda lengua proclame:
    Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

    Julián se sincera: «en el momento de la Eucaristía, me gusta poner la «V» de la Victoria, delante de la asamblea, y esto es lo que quiere realizar Jesús en mí y en ti.»

  • «Anunciación», Bartolomeo Vivarini

    La «Anunciación» de Bartolomeo Vivarini, retablo renacentista del siglo XV, al temple sobre madera. Se encuentra en Modugno (Bari, Italia) en la Iglesia de Maria Santissima Annunziata.

    La visita del Ángel Gabriel a María se desarrolla en el interior de una habitación. En una quietud, en un silencio que no abruma, al contrario está lleno de una presencia que da paz; y asimismo es un silencio que aguarda una respuesta. El gran San Bernardo de Claraval, cuando el ángel anuncia el plan divino, imagina al cielo entero esperando en silencio. Entonces, dirige a la Virgen estas palabras ardientes: «Responde pronto, oh María. Da tu consentimiento al ángel, por él al Señor. Di tu palabra y recibe la Palabra; pronuncia la voz efímera y concibe al Verbo eterno».

    Fijaros en el vientre de María … «y el Verbo se hizo carne». En este instante la eternidad entra en el tiempo. La Palabra de Dios se reviste de carne humana, y el “FIAT” de María se convierte en el inicio de la redención. Para Bernardo, esa obediencia resume toda la fe cristiana.

    María lleva una túnica de color rojo, simbol de su humanidad -amor, caridad- y de su profundo sufrimiento que compartirá con su Hijo. También en la Anunciación, como en el nacimiento de Jesús – San lucas escribe: «María dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales«- se desvela la pasión que atravesará Cristo. El manto azul de la Virgen María simboliza la pureza, la gracia divina de la que ha sido objeto desde su concepción. Bartolomeo Vivarini decidió representar al ángel con túnica azul y manto rojo; no es un «juego de colores», sino que tiene su origen en la formación artística del pintor: Vivarini es un maestro del estilo veneciano y la ciudad de Venecia tenía relaciones comerciales con Oriente y por lo tanto, con la cultura y arte bizantina. Esta combinación de colores es típica de la tradición bizantina y simboliza el ser celestial del ángel y anticipa el sacrificio al que el Hijo de Dios está llamado para salvar la humanidad del pecado original. María, la nueva Eva, que con su obediencia reparó el nudo de la desobediencia de Eva.

    Cada detalle marca el umbral entre lo visible y lo invisible, entre lo que se sabe y lo que está a punto de revelarse. Algo excepcional está entrando en la historia para cambiarla para siempre.

    San Bernardo exalta su grandeza en la humildad y escribe: “Podemos salvarnos sin virginidad, pero no sin humildad”. La Virgen fue escogida no por lo que tenía, sino por lo que carecía: orgullo, resistencia, amor propio. María, la humilde esclava, se convierte en el trono donde el Rey del cielo quiso reposar. María es el primer templo de Dios.

  • «Quién no tenga a María por Madre, tampoco tiene a Dios por Padre»

    (San Luis María Grignion de Monfort)

    El 1 de enero se celebra a Santa María, Madre de Dios.

    Para empezar el 2026 he elegido a la «Salus popoli romani», venerada en Roma desde el Concilio de Éfeso en el año 431 d.C., cuando se proclamó que María, como Madre de Jesús, es también Madre de Dios.

    En los iconos ortodoxos, en las esquinas superiores, se encuentran las letras MP a la izquierda y OY a la derecha, que significan literalmente «Mater Theoi»:

    Madre de Dios o Portadora de Dios.

    La tradición cuenta que fue pintada por el Evangelista San Lucas. Está ubicada en la Basílica de Santa María la mayor o basílica liberiana, construida por voluntad del Papa Liberio. La historia de la basílica mariana más antigua de occidente es muy hermosa: todo empieza cuando un matrimonio patricio tuvo en sueño a la Virgen, que le indicó donde construir un templo cristiano. Asimismo, el Papa Liberio tuvo el mismo sueño. La Virgen el 5 de agosto del 358 hizo caer una nevada copiosa sobre la colina del Esquilino y allí elevaron el lugar del culto.

    El icono representa a María sosteniendo al niño Jesús con ambas manos y estás están cruzadas, símbolo de la anticipación de la muerte de Jesús.

    María lleva una túnica de color rojo y un manto – maforion – de color azul intenso, el rojo simboliza su humanidad y el azul su divinidad de la que está revestida siendo la madre de Dios. Notamos tres cruces: una en la frente, otra en el manto y la última en el puño de la túnica, que recuerdan las tres estrellas simbol de la virginidad perpetua de María, es decir, antes, durante y después del parto.

    El limbo crucífero de Cristo indica su misión: morir en la cruz para la salvación de la humanidad.

    Su túnica marrón, color usado por los humildes, nos recuerda que Dios decidió despojarse de su naturaleza divina y tomar la condición de siervo. En su venerable mano sujeta el libro de la Ley, Cristo no ha venido a abolir la Ley de Moisés sino a darle cumplimiento.

    ¿Por qué es llamada «SALUS POPOLI ROMANI»? Por su papel milenario como intercesora por el pueblo romano en los momentos de mayor crisis. Entre el 589-590 en Roma se extendió una gran peste mortífera y Su Santidad Gregorio magno convocó una procesión desde la basílica de San Pedro hasta el mausoleo de Adriano. Aquí, vieron al Arcángel san Miguel envainando una espada ensangrentada, señal de que la peste había terminado. En gratitud, los romanos entonaron el himno Regina Caeli. El mausoleo de Adriano fue rebautizado Castel sant’Angelo.

    En el 1571 Pío V pidió la intercesión de la Madre de Dios para la victoria de la batalla de Lepanto.

    Durante la pandemia del colera el Papa Gregorio XVI oró en el 1837 frente a esta sagrada imagen.

    María intervino por medio de este icono para salvar Roma durante la Segunda Guerra Mundial. En el 1944, bajo el pontificado de Pío XII, las tropas nazis estaban a punto de tomar la ciudad eterna, el Papa rezó a la Salus para que la protegiera. Poco después, las tropas aliadas liberaron Roma. En agradecimiento, el Papa concedió a la imagen una coronación pontificia.

    Su Santidad el Papa Francisco pidió frente al icono en marzo de 2020 cuando el coronavirus asolaba el mundo

    En este 2026, tal vez, tenemos que dejar de desearnos la salud y desearnos pedir la fe. «SALUS» significa «salvación» y esta viene solo de la fe y la esperanza, que como decía mi amigo Peguy en «El pórtico del misterio de la segunda virtud»: «La fe que amo más, dice Dios, es la esperanza».

    Jesús dice a los discípulos, mientras la tempestad zarandea del barco ¿Por que tenéis miedo? ¿Aun no tenéis fe? ; me pregunto si Cristo cuando volverá encontrará la fe en la tierra …

    Pido a Nuestra Señora que aumente nuestra fe.

    Pido a Nuestra Corredentora que aumente nuestra esperanza.

    Sin María, nuestra madre, no podemos llegar a Cristo; Ella es nuestra Puerta del cielo.

  • JUEVES SANTO

    «La última cena», es una obra de arte de Cosimo Rosselli, se encuentra al norte de la capilla Sixtina, lugar en el cual los pintores del 400 representan la vida de Cristo. Cosimo Rosselli es uno de los muchos artistas de Florencia, que Lorenzo de Medici – gran mecenas del arte – envió a Roma para sellar la reconciliación con el Papa Sixto IV. El pintor participó en la decoración de la Capilla Sixtina, junto a Perugino, Sandro Botticelli, Domenico Ghirlandaio.

    El fresco representa – como su nombre indica -, la última cena que Jesús realiza con sus discípulos antes de morir en la cruz. La pintura tiene dos niveles horizontales, uno superior en el que encontramos unas ventanas que representan los tres momentos de la Pasión de Cristo:

    • LA ORACIÓN EN EL HUERTO

    «Entonces llegó Jesús con ellos a una finca llamada Getsemaní, y dijo a los discípulos: Sentaos aquí mientras voy allá a orar». El Señor pide ser acompañado por Pedro y los dos hijos de Zebedeo, Juan y Santiago. Jesús se retira a un lugar donde existe una enorme roca y, «empezó a entristecerse y a sentir angustia. Entonces les dijo a sus discípulos: Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo». «Se postró rostro en tierra mientras oraba diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieras Tú». Entonces «Un ángel del cielo se le apareció para confortarle. Y entrando en agonía oraba con más fervor y su sudor vino a ser como gotas de sangre que caían sobre la tierra». Jesús, sintiendo esta angustia busca consuelo en sus amigos, pero están dormidos.

    • EL ARRESTO DE JESÚS

    «(…) Apareció una turba, iba a la cabeza Judas, uno de los doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?». Pedro llevaba una espada y para defender a su Maestro «la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco». Jesús intervino diciendo: «dejadlo, basta» y tocándole la oreja lo curó. Jesús reprueba al apóstol, la mano de Cristo, en particular su dedo indica el reproche a Pedro.

    • LA CRUCIFIXIÓN

    Cuando llegaron al monte del Gólgota, lo crucificaron junto a dos malhechores. A los pies de la cruz están presentes su madre adolorada, consolada por el apóstol Juan, el discípulo amado, y algunas mujeres que acompañaron a Jesús durante su vida pública: María Magdalena y María la madre de los «Zebedeo».

    El nivel inferior representa la última cena: tema principal del fresco.

    Cosimo Rosselli pinta unos detalles, que son muy interesantes y que a mi parecer merecen atención:

    En primer lugar, el cenáculo es semicircular, libre de toda vajilla y comida a excepción del cáliz delante de Cristo. Evidentemente, el pintor quiere subrayar que esta reunión, no es una comida como las demás, sino que es excepcional. En primer plano hay unas vajilla de plata y oro y un pequeño bodegón derivado del arte flamenco, muy de moda en Florencia en aquella época.

    En segundo lugar, Jesús está en el centro y los apóstoles a su lado, excepto Judas que está sentado en el lado opuesto respecto a Cristo y da las espaldas al publico; esta es una posición reservada a las figuras negativas. Si nos fijamos atentamente, apoyada en la espalda de Judas notamos la figura de un demonio de color negro – «(…) ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, que lo entregara (…)», san Juan 13,1 -, además el color de la aureola de este traidor es negra y no de oro como las de los demás apóstoles. Cosimo Rosselli usa estos detalles para acentuar la maldad que entró en el corazón del Apóstol, provocada por el maligno y que llevó a Judas a traicionar a Su Maestro.

    La pelea entre gato y perro, detrás de Judas, subraya más la negatividad de este personaje.

    Jesús anuncia: «uno de vosotros me va a entregar«, Rosselli representa los Apóstoles interrogándose sobre quien cometerá «esta locura»; los gestos de sus manos y sus miradas entre ellos expresan sus dudas.

    En tercer lugar, en el fresco aparecen cuatro personajes, dos a cada lado de los extremos de la mesa circular, vestidos y peinados según la moda renacentista. Mientras que los Apóstoles llevan vestimenta del año 33 d. C y, además van descalzos.

    Los cuatro hombres presentes parecen ser testigos de lo que está pasando, están dentro del cuadro, inmersos en el hecho que está aconteciendo delante de sus ojos. ¿Por qué el artista introduce la presencia de hombres del cuatrocientos en un convite presidido por el mismo Jesucristo?, ¿Qué tienen que ver unos hombres del renacimiento con la última cena de Cristo? «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros» (Lc 22,15), estas son las palabras pronunciada por Jesús a sus apóstoles antes de empezar la acción de gracias. Nosotros conocemos este hecho acontecido, gracias a los Evangelios, es decir, tradición que nos viene transmitida desde 2000 años; el mismo San Pablo en su carta a los Corintios dice: «Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido» y sigue «tomó pan (…) lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

    Haced esto en memoria mía» y «cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva», es la respuesta a la pregunta anterior: la memoria se refiere a alguien presente, es decir, que sigue vivo, por lo tanto la tradición, de la que habla San Pablo nace en el año 33 d. C, pasa por la época del renacimiento y llega al 2023. Es presente y viva. Los hombres del cuatrocientos, presentes en la última cena, pertenecen a esta historia de 2000 años, participan de la cena pascual junto a Jesús y los apóstoles; no es un caso, que Cosimo Rosselli introduce en el fresco hombres de su época, dentro del espacio y tiempo en el que vive el mismo. También, nosotros podemos identificarnos con ellos. Somos tu, yo, cualquier mujer o hombre de este mundo en cualquier época, que sigue participando cada día en la Santa Misa de la cena pascual con Jesús y los doce apóstoles, porque como nos relata el Evangelio del sábado santo: «sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo«. Y Sigue, también ahora, amándonos hasta el extremo, nos lo recuerda el salmo 115: «Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles» y la única manera para evitarla es entregando Su Vida».

    Termino recordando que en la última cena cristo instituye el sacramento de la Eucaristía, que significa acción de gracia y tenemos mucho que agradecerLe.

    Tiziana Valendino

  • Pietro da Rimini es un pintor cuya personalidad se ha podido descubrir gracias a la única obra, un crucifijo de la iglesia Dei Morti en Urbania, en la cual aparece su firma: «Petrus Arimino», con el que se ha identificado a Pietro da Rimini.

    La pintura de este artista que me interesa contemplar durante esta Santa Pascua es «La Virgen con el niño», del siglo XIV y que se encuentra en el Museo de Ravenna (Italia).

    Alguien se preguntará ¿Por qué nos propones en Pascua una pintura, que más bien, sería adapta en Navidad, dado que el nombre mismo de la obra de arte se llama «la Virgen con el niño»?.

    Empiezo describiendo lo que nuestros ojos ven, mirando el fresco. Tenemos delante a María que acaba de parir, se nota porque todavía tiene tripita. Para contestar a la pregunta inicial, os invito a observar al niño Jesús, que sus manitas se dirigen en alcanzar un cáliz que le ofrece un ángel. El cáliz de color oro por fuera, por dentro es de color rojo oscuro, esto significa que contiene un liquido, que podemos suponer que es vino.

    El niño Jesús se dirige hacia su vocación: coge el cáliz de vino – signo de la sangre de Cristo derramada en la cruz por la salvación del mundo -, que le está ofreciendo un ángel, es decir, un mensajero de Dios.

    Madre e hijo cruzan sus miradas. Por una parte, la mirada del niño es serena, confiada en la relación con su Padre. Por otra, María obedece, no intenta agarrarlo, sino que sigue con su mirada a su hijo, que se dirige hacia el destino, por el que ha nacido. Me gusta imaginar a María que recuerda, en este instante, la promesa que solo hace unos meses le hizo el Arcángel Gabriel: «Será llamado Hijo del Altísimo».

    Pietro da Rimini representa en este fresco todo el misterio de la Encarnación, es decir, la Navidad, porque engendra en si misma la Pasión de Cristo. El músico Tomás Luis de Victoria, en su pieza de música «Ave María» – a diferencia de la oración tradicional Dios te salve María, que termina: «Bendita tu eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús) -, dice: «Ave María, gratia plena, Dominus tecum, Benedicta tu in mulieribus et benedictus fructus ventris tui, Jesus Chrístus«. Aquí, el Arcángel Gabriel anunciando a María el nacimiento del hijo de Dios, le define Jesús Chrístus, es decir, el Ungido, el elegido por Dios para liberar a cada hombre y mujer del pecado.

    El cruce de Mirada entre la Virgen y el niño Jesús recuerda, años más tarde, el encuentro entre la Madre y el Hijo, cuando este, con la cruz puesta en su venerable espalda, martiriada por las heridas provocadas por los látigos de la maldad, cae en la vía del calvario y Ella corre en su auxilio y Él la mira y dice: «Yo hago nuevas todas las cosas». 

    La mirada de María, pintada por Pietro da Rimini, expresa – la puedo ver – toda la vida de esta mujer trascurrida en el silencio, meditando, aceptando y obedeciendo a aquella promesa que no entendía y de la que no conocía el Destino. Esta madre que ve a su pequeño, al Amor de su vida, aferrar sin ninguna duda el cáliz del sufrimiento, hacia memoria otra vez de aquellas palabras de Jesús con 10 añitos que dirigió a sus padres: «¿No sabíais que yo tengo que ocuparme de las cosas del Padre mío?»; y cuales son estas cosas de la que se tiene que ocupar?, la felicidad y salvación de su creatura: el hombre, que vale hasta la última gota de sangre de Cristo.

     La omnipotencia «del Hijo del Altísimo» no se expresa en la violencia o en la destrucción del poder adversario, como los sabios y eruditos israelí habían interpretado la venida del Mesías-Cristo, sino en «la aparente impotencia del niño que es lo mismo que decir la aparente impotencia del Crucificado» (José Luis Restán, «Diario de un pontificado, 2011-2013», Ed. Encuentro, pag. 27)

    La cruz parece insignificante, como podría ser de escasa relevancia este fresco que os he propuesto, además es un fragmento…. sin embargo, conociendo la grandeza del arte y de la historia, este detalle del cáliz de vino que el niño Jesús acepta beber, encierra toda la potencia del universo. Encarnación, pasión, muerte y Resurrección que sin estos «síes» que bien María y bien Jesús no hubieran dicho, nuestra vida seguiría en las tinieblas y por lo tanto nuestra fe sería inútil, vana.

    Tiziana Valendino

  • 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación de Nuestro Señor

    El retablo de La «Anunciación» del Beato Angélico es una pintura muy famosa y que yo personalmente conozco desde que tengo memoria. Sin embargo, solamente ahora tomo conciencia de su importante significado para mi vida y el mundo entero.

    Fray Angélico, cuyo nombre era Guido di Pietro, nació en Vicchio, Florencia. No conocemos la fecha exacta de su nacimiento, no obstante, se conoce que entre 1420 y 1422 tomó los hábitos en la orden de Santo Domingo en el convento de Fiésole (Florencia). Murió en Roma en 1455, y en 1982 el entonces Papa Juan Pablo II lo beatificó.
    En el taller de Lorenzo di Mónaco aprendió las técnicas pictóricas, en particular las de pintura sobre tabla al temple y la aplicación de pan de oro sobre tabla. El retablo del que hoy nos ocupamos es prueba de su buen aprendizaje.
    Las obras del Beato Angélico no se pueden entender sin tomar conciencia de la formación que recibió durante los años de su noviciado, es decir, de su formación filosófica y teológica, a través del estudio de la filosofía de Santo Tomás de Aquino y del pensamiento del cardenal Juan Domínici. Fray Angélico deseaba hacer tangible en su arte, por una parte, la suprema Belleza de Dios, por otra, el concepto filosófico tomista de pulchrum, es decir, la belleza como esplendor de la verdad. En la Summa Theologica, Santo Tomás afirma que «se llama bello a aquello que agrada a la vista; por esto, la belleza consiste en la debida proporción, ya que los sentidos se deleitan en las cosas debidamente proporcionadas». El Angélico conjuga estos elementos de “proporción”, “armonía” y “claridad” con el uso del color brillante, debido a su valor estético. La belleza es para él una prueba tangible de la bondad de Dios.

    La datación del retablo de la Anunciación es dudosa y no está documentada. Por razones estilísticas, los investigadores la sitúan entre 1425 y 1429; se trata, por tanto, de una obra temprana del artista.
    El retablo llegó a España gracias al Duque de Lerma, que lo instaló en la iglesia de los Dominicos de Valladolid. De allí fue posteriormente trasladado al monasterio de las Descalzas Reales en Madrid. En 1861 ingresó en el Museo del Prado, donde actualmente se conserva.
    El retablo está formado por dos partes: una tabla principal, en la que si representa la Anunciación del ángel a la Virgen, y una predela compuesta por cinco paneles, que reproducen escenas marianas: el nacimiento de María y los Desposorios con san José, la Visitación, la Adoración de los Magos, la Presentación de Jesús en el templo y la Asunción de la Virgen.

    En la tabla principal se representa un ambiente íntimo y lleno de paz, un pórtico que se supone la casa de María. El pintor florentino decora el pórtico abovedado con estrellas de oro para convertirlo casi en una esfera celeste. La luminosidad de la escena nos sitúa en un día de primavera, el 25 de marzo, día en que la Iglesia celebra la festividad de la Anunciación: el momento en que el Verbo se encarna para redimir al hombre y devolverle así su infinita dignidad y su destino eterno.


    La tabla principal comparte el espacio pictórico con una escena secundaria, que pertenece al Antiguo Testamento: la expulsión de Adán y Eva del paraíso. Estas dos escenas se relacionan entre ellas por la acción misericordiosa de Dios en la historia de la salvación. Mientras, un ángel acompaña Adán y Eva a la salida del paraíso, sobre dicho ángel aparecen las manos de Dios Padre que, bajo forma de una paloma blanca, envían el Espíritu Santo hacia María; se supone que el ángel, que despide del jardín del Edén a las primeras criaturas, es el arcángel Gabriel, considerado el mensajero de Dios que en la plenitud de los tiempos, será él mismo que visitará a María, (el Angélico pinta los dos ángeles del retablo con la misma vestimenta en color rosa salmón).

    Es conmovedor pensar en que las manos de Dios Padre son las mismas que crearon a Adán y que presiden la escena del paraíso. Este detalle iconográfico nos remite a una connotación trinitaria. «La comunicación que Dios hace de sí mismo implica siempre la relación entre el Hijo y el Espíritu Santo, a quienes Ireneo de Lyon llama precisamente “las dos manos del Padre”» (Benedicto XVI, Exhortación Postsinodal Verbum Domini, 15). Ya Santo Tomás señalaba que en el misterio de la Encarnación participa toda la Trinidad (Summa theologica).

    En el gótico el atributo iconográfico del Espíritu Santo es una paloma blanca que sirve para indicar la concepción virginal de María por obra del Paráclito. San Lucas en su Evangelio (Lc 1,35) recoge las palabras del arcángel: «el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra».
    En ambas escenas, la del Antiguo y la del Nuevo Testamento, existen paralelismos que nos muestran como la historia de la salvación tiene su inicio gracias a la encarnación del Hijo de Dios.
    El primer paralelismo se refiere a la relación entre Eva y María. Escribe san Justino: «se hizo hombre por medio de la Virgen, a fin de que, por el mismo camino que empezó la desobediencia venida por la serpiente, por ese camino también se destruyese». En este sentido, con su obediencia: «hágase en mí, según tu palabra», María – la nueva Eva – desata el nudo que ató la desobediencia de Eva. Ireneo de Lyon señala cómo «Eva desobedeciendo llegó a ser la causa de muerte para sí misma y para todo el género humano, así también María obedeciendo llega a ser causa de salvación para sí y para todo el género humano».
    El segundo paralelismo es entre Adán y Cristo – nuevo Adán –. Nos lo indica san Pablo en su carta a los Romanos: «lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron… Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos» (Rom 5,12. 19).

    El libro abierto en el regazo de María es otro detalle iconográfico muy interesante. El libro alude no solo, al conocimiento que María tenía de las Escrituras, sino también al rezo de los salmos cotidiano que ella misma realizaba, como cualquier judío piadoso.


    Beato Angélico pinta el libro con un claro significado: destacar la continuidad entre Antiguo y Nuevo Testamento, señalando que en Cristo se hace efectivo el cumplimento de las escrituras. Según algunos exégetas, el libro es una alusión a las profecías de Isaías 7, 14: «la Virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel». De hecho, se cree que el busto en grisalla en la enjuta del pórtico corresponde al profeta Isaías, tiene la barba larga partida en dos y dirige su mirada hacia María.

    La Virgen y el arcángel Gabriel comparten el mismo espacio arquitectónico. Sin embargo, hay una distancia entre ellos que parece indicar el momento entre la invitación de Dios y la respuesta de la Virgen. En este retablo las palabras del ángel –Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum, benedicta tu in mulieribus et benedictus fructus ventris tui– están escritas sobre el armazón de la predela, debajo de la escena pintada.
    Gabriel saluda a María inclinándose con reverencia en señal de respeto. Ambos tienen las manos cruzadas sobre el pecho señalando la aceptación, la obediencia de la que hemos hablado anteriormente.

    Existen otras pinturas que figuran la anunciación y representan a María cruzando las manos sobre su pecho; algunos historiadores de arte interpretan este gesto como la concreción del «Fiat» de la Virgen, por lo tanto, ese instante en el que se realiza el concepción del hijo de Dios en su vientre.

    Al fondo del pórtico vemos una ventana con reja cuyo significado es la identidad virginal de María. La reja hace inaccesible el paso, pero la luz divina, como observa san Agustín, la traspasa: «María es la ventana del cielo porque a través de ella Dios ha derramado en el mundo la Luz verdadera».
    Si nos fijamos mejor en la ventana, podemos apreciar que la luz que entra se proyecta en la pared de la habitación. Para el pintor la luz se proyecta sobre la pared porque la luz de Dios entró en el mundo gracias al fiat de la Virgen y se ha quedado en la historia.

    Veamos ahora la escena secundaria de la “expulsión del paraíso”. El Angélico pinta el paraíso como una tierra frondosa, rica en árboles y flores; en el centro sitúa una palmera, el árbol del paraíso, que iconográficamente remite a la inmortalidad, la vida eterna.

    El rostro del arcángel expresa dolor por la expulsión de nuestros progenitores, mientras ellos se muestran afligidos por el mal cometido contra el Padre. El pintor expresa este dolor contenido, interior, mediante el lenguaje gestual: Adán apoya su mano derecha en la mejilla y lleva la izquierda al corazón, mientras Eva mira de reojo afligida a su compañero y entrecruza los dedos en un gesto de preocupación, pero también de súplica.

    Es importante subrayar que Dios no maldice a sus hijos pecadores, pues la maldición es un castigo eterno reservado a la serpiente. Los padres de la Iglesia comentan la expulsión del paraíso como una llamada a la conversión, abierta a un horizonte de salvación. Como podemos observar en esta pintura, Fray Angélico viste con pieles a Adán y Eva, no van desnudos; Dios mismo hizo estas vestimenta de piel para ellos, para preservar su dignidad de hijos de Dios.

    Para terminar, quiero fijarme en un detalle curioso: debajo del busto de Isaías, podemos ver una golondrina encaramada encima de la columna que sostiene el arco, bajo del cual se cobija la Virgen. Sin duda, su presencia tiene un valor simbólico, que podría referirse a la llegada de la primavera: hablamos de que la escena se sitúa el día 25 de marzo.

    Existe una leyenda que considera estas aves animales sagrados; se cuenta que una vez que Jesús fue detenido y torturado le pusieron una corana de espina y tras ser crucificado, una bandada de golondrinas empezaron a retiras las espinas de la cabeza de Cristo y así le aliviaron el sufrimiento. Alguien podría preguntarse ¿Qué tiene que ver la anunciación de Nuestro Señor con su muerte en la cruz?, el destino de Jesús es de ser «el Cristo, el Ungido», esta palabra griega indica la elección de Dios. En el antiguo Israel, los reyes y profetas fueron ungidos, elegidos por Dios, mediante el proceso de unción, es decir, se derramaba aceite sobre la cabeza de alguien. El Mesías, el elegido de Dios vino con un propósito particular: salvar al mundo del pecado. ¿Como? muriendo en la cruz.

    Yo, personalmente, pensando en el detalle de la golondrina me gusta el paralelismo entre la primavera y la Encarnación del Hijo de Dios, es decir, la primera es la estación del año en la que la naturaleza vuelve a florecer, después del invierno helado. Asimismo, a causa del pecado cometido por la desobediencia de Adán y Eva, la naturaleza humana había muerto, y con la Encarnación Dios sopla, como en el origen de la Creación, su aliento en las entrañas del hombre, en lo profundo del ser, redimiendo la naturaleza humana, devolviéndole a la vida y a su destino. Esto tendrá su cumplimiento con la Muerte y Resurrección de nuestro Redentor.

    Mirando este retablo, me di cuenta de que allí está escrita, pintada, toda la historia de la misericordia de Dios con los hombres. Por tanto, también toda la historia de mi salvación, de la misericordia que Dios ha tenido conmigo. Y toda esta historia empieza con un hecho: la Encarnación del Hijo de Dios.

    Tiziana Valendino

  • «LA CORONACÍON DE LA VIRGEN», Diego Velázquez

    22 de agosto.

    “La coronación de la Virgen” fue pintada por Diego Velázquez para el oratorio de la reina Isabel de Borbón, primera esposa del rey Felipe IV en el Alcázar de Madrid.

    No existen escritos sobre cuando fue realizada la obra. Los historiadores, basándose en varios datos históricos, piensan en que la fecha probable de su realización fue entre el 1636 y 1644.

    La obra permaneció en el antiguo Alcázar hasta 1734, fecha en la que se produjo el incendio que arrasó el palacio de los Austrias. Más tarde, el cuadro fue trasladado al Palacio del buen Retiro y luego al recién construido Palacio Real de Madrid. Finalmente, desde 1819 se encuentra en el Museo del Prado en Madrid.

    Este cuadro es una de las pocas obras de Velázquez con carácter religioso.

    El tema de la “Dormición de la Virgen” y su posterior coronación es relatado desde el siglo XIII, por ejemplo, por Santiago de la Vorágine, que en su “Leyenda Dorada” pone en boca de Jesucristo las siguientes palabras: “Ven querida madre mía; ven conmigo a compartir mi trono, porque me tienes cautivado con tu hermosura (…) Ven desde el Líbano, que vas a ser coronada”. María contestó: “Voy Señor voy, que en el libro de la Ley se dice de mí que en todo y siempre haré tu voluntad y que mi espíritu se complace en ser fiel a tus deseos, ¡oh, mi Dios y Salvador!”

    En el cuadro de Velázquez aparece la Virgen María coronada como Reina del Cielo por la Santísima Trinidad. Antes del Siglo XV, este mismo tema se representaba con la única presencia de Cristo que imponía la corona a su Madre.

    Aquí abajo algunos ejemplos:

    Jerónimo Vicente Vallejo Cosida

    Velázquez introduce unos cambios respecto a la ecografía tradicional. En primer lugar, presenta a Dios hijo totalmente vestido – algo inusual en el arte español, en el cual Cristo se representaba con el torso desnudo para que enseñara las llagas de la Pasión -. En segundo lugar, Dios Padre es un anciano calvo – así desobedece a los consejos de Pacheco que en el “Arte de la pintura” escribe que el padre Eterno de la Trinidad debe dibujarse “no calvo, antes con cabello largo i venerable barba”-. En tercer lugar, la corona de la Virgen María es de flores y no de oro – como es habitual – y, además, Velázquez introduce una novedad: la representa con una mano apoyada en Su Corazón – mientras que la tradición indicaba que la Virgen debía tener una posición orante o con los brazos cruzados sobre el pecho.

    La mano de María apoyada en Su Corazón es un detalle muy interesante; ya en el siglo XVII cobraba fuerza la devoción al Sagrado Corazón de María. El sacerdote francés San Juan Eudes escribió sus primeras obras sobre el corazón de María en el siglo XVII y desde entonces, pasando por las sucesivas apariciones de la Virgen, llegamos al 1952, cuando el Papa Pio XII consagró al Inmaculado Corazón de María a “los pueblos de Rusia”, con una carta apostólica “Consagración de Rusia al sagrado corazón Inmaculado de María, 7 de julio 1952″.

    Además, la misma composición de la obra nos da una clave de lectura muy novedosa: En primer lugar, la Virgen, con su cabeza, brazos y piernas forman casi un rombo perfecto. En segundo lugar, la paloma que representa el Espíritu Santo dibuja un eje vertical que se prolonga en la cabeza de la Virgen, dando así una sensación de orden. En tercer lugar, la Santísima Trinidad es la base de un triángulo invertido, cuyo vértice son los pies de María. Por último, Velázquez – gran admirador de Tiziano y Rubens – utilizando esta policromía de colores vivos para las vestimentas de los personajes de la obra, logra que el ojo pueda visualizar un enorme corazón definido por los paños y curvaturas en pico en que termina el manto de la Virgen. Todo para subrayar más esta creciente devoción al Sagrado Corazón de María desde el siglo XVII; compartida por la misma reina Isabel de Borbón, destinataria de la obra.

    La coronación de María es el culmen de esta obediencia que caracteriza toda la vida de la Madre de Jesús; desde la Anunciación, pasando por la Pasión, Crucifixión y Resurrección de Su Hijo, ella dijo FIAT o aún mejor AMEN.

    Una vida traspasada, definida por una palabra “AMEN”, es decir, “ASÍ ES”.

    Este “SI” que la convierte en Hija, Madre y Esposa justifica su coronación como Reina del Cielo, del Universo, es decir, nuestra Intercesora. María no se ha tenido todo este don para ella, sino que nos lo ha donado a través de la Iglesia, porque Ella misma es la Iglesia, lugar donde podemos, como ella, tener una amistad con el Cristo, Señor del Tiempo y de la historia. Una amistad, a través de la cual la amamos y nos ama.

    Tiziana Valendino.

  • La promesa es deuda…….

    Fritz Von Uhde, cuyo nombre, en realidad, era Friedrich Hermann Carl Uhde, nació en 1848 en Wolkenburg, Sajonia (Alemania).

    Entró en contacto con el arte en su infancia a través de los intereses culturales y las profesiones de sus familiares: su padre era un apasionado pintor como hobby y su abuelo era el director del Museo Real de Dresde. Así que, el joven Fritz decidió estudiar pintura en la Hochschule für Bildende Künste en Dresde, sin embargo, abandonó este curso para unirse al ejército. En el ejército se formó como instructor de equitación y fue ascendido a capitán de caballería a la edad de 20 años, en 1868.

    Ocho años después, durante una visita a Viena, Fritz conoció al artista Hans Makart, pintor de obras con temáticas históricas, pero a pesar de que este no quiso ser su maestro, este encuentro tuvo un efecto fuerte y duradero en él y en sus obras.

    Fritz decidió dejar el ejército para realizar su sueño de la infancia y convertirse en artista. Se trasladó a Múnich y comenzó a estudiar las obras de los antiguos maestros holandeses, como Rembrandt.

    Después de años decepcionantes e infructuosos en Múnich, se trasladó a París para tomar lecciones del artista húngaro Mihály Munkácsy, perteneciente al movimiento artístico llamado «Realismo». Finalmente, en Francia Von Uhde obtiene el éxito deseado y una de sus obras fue exhibida en el Salón de París e incluso recibió un premio.

    Inspirado por su fama y animado por su contemporáneo y buen amigo Max Liebermann, un destacado representante del impresionismo en Alemania; los paisajes pintorescos y escenas campesinas, son algunas de las expresiones más representativas de este pintor. Fritz Von Uhde, a causa de la influencia de su amigo Max Liebermann, cambió su estilo de pintura: abandonó el sombrío claroscuro que había aprendido en Múnich y su paleta de colores se convirtió en más fuerte y más colorida, similar a la de sus colegas artistas impresionistas. Fue uno de los primeros pintores alemanes en pintar directamente al natural. Representó naturalezas muertas, paisajes y retratos de la simple población rural; entre su producción destacan las escenas de género, que se caracterizan por su estilo amable y sentimental.

    El estilo pictórico de Fritz Von Uhde es una mezcla original entre el Realismo y el Impresionismo, que a menudo se describe en la literatura del arte como «naturalismo rústico». El movimiento artístico «Realismo», originado en Francia a mitad del siglo XIX, como indica su mismo nombre consistió en la representación objetiva de la realidad basándose en la observación de los aspectos cotidianos que brindaba la vida en la época. El «impresionismo» es un movimiento pictórico que surgió en Francia en las últimas décadas del siglo XIX. Es una técnica pictórica que quiere plasmar la luz y el instante. Los objetos no se definen, sino que las formas se diluyen imprecisas dependiendo de la luz a la que están sometidas, y una misma forma cambia dependiendo de la luz arrojada sobre ellas, dando lugar a una pintura totalmente distinta. Este movimiento se caracteriza por el uso de colores puros sin mezclar, no se oculta la pincelada, y se da protagonismo a la luz y el color. 

    Los impresionistas se centraron en la pintura al aire libre, buscando plasmar el cambio de la luminosidad, el instante. Von Uhde fue uno de los pioneros de su país en el campo de la pintura al aire libre.

    A continuación algunos ejemplos de cuadros de Fritz Von Uhde representando varias escenas de genero de la sociedad o retratos:

    Observando las pinturas de Von Uhde, de una parte es evidente el uso de colores vivaces y brillantes, de otra, salta a la vista un estilo suyo, que es una mezcla entre el «realismo» y principio del «impresionismo». De las varios cuadros notamos como en algunos el diseño es limpio, las líneas de las formas definidas. Los objetos del dibujo no se diluyen, no se desenfocan. Mientras, en otras pinturas prevalece el estilo impresionista, es decir, busca representar la realidad, los objetos en el momento en el que son golpeados por la luz en aquel instante. De este modo, la realidad se desenfoca. Todo parecen «impresiones», como diría el crítico Louis Leroy – que puso el nombre a este movimiento artístico – las pinturas parecen «bocetos».

    Pronto, Fritz Von Uhde abandonó este género de temas para abordar una temática religiosa desde una perspectiva social. En este sentido, son famosas sus figuras religiosas, sobre todo las representaciones de escenas del Nuevo Testamento, cuya característica principal es su desarrollo en un marco contemporáneo.

    A mi este periodo de Fritz Von Uhde me apasiona. Convierte a Cristo en un hombre contemporáneo en cualquier época en la que se vive.

    En sus pinturas con temática sacra, vemos a familias de campesinos del siglo XIX invitar a Jesús a su casa. La vestimenta que lleva Cristo, en la pintura, es de su época; El cuadro «La oración de mesa» me recuerda el relato del Evangelio según san Mateo 8, 5 <<En aquel tiempo, entrando Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Jesús le dijo: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano».(…) Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande»>>

    El siguiente cuadro representa la última cena, pero los que están a la mesa con el Señor, son hombres comunes del siglo XIX, de varias edades y clase social. Algunos curiosos, otros arrepentidos….

    Todos en busca de la Verdad y la Misericordia.

    La pintura «Cristo y Nicodemo» representa el momento en que Nicodemo – un fariseo, magistrado del Sanedrín – va a visitar a Jesús, en la noche. Fritz Von Uhde representa esta escena de manera preciosa: un Nicodemo mayor, intelectual, parece llevar encima la toga de los jueces. Encima de una mesita hay un libro, es posible que sea la Ley de Israel, que llevó el mismo Nicodemo. Tal vez, pensaba hablar con Cristo de la Torá, de como poner en practica sus preceptos, de como seguirla. Sin embargo, a Jesús parece no importarle la ley, es decir, las reglas, y le indica las estrellas, esto es, un horizonte más grande, una medida de justicia más humana.

    El cuadro «Camino a Emaús» es la primera pintura que conocí de Fritz Von Hhde. Me conmueve: dos hombres, dos amigos del siglo XIX que se encuentran por el camino a un hombre con vestimentas del siglo I d.C. Ahora, son tres en el camino, el hombre en medio de los dos, les escucha, le hablan de sus dolores, su amistad, de su familias, de los hijos adolescentes y El con la mano izquierda parece decirles: «¡Parad amigos!, Os preocupáis y agitáis por tantas cosas, pero solo una es necesaria»

    El cuadro «Mujer no llores» muestra a Cristo vestido de jardinero – como relata el Evangelio de San Marcos, cuando Jesús resucitado se le aparece a María Magdalena -, que se acerca a una mujer que está llorando. Tal vez, ha perdido el marido en guerra, o un hijo, y Cristo, con la vestimenta blanca de la resurrección, le toca el brazo y parece diciendo: «¿Por qué lloras?, yo he vencido a la muerte y soy la vida eterna.

    Finalmente, hay dos cuadros que recuerdan dos escenas del evangelio: una la noche de Navidad y la otra la sagrada familia. Fritz Von Uhde transforma a la Virgen María, su esposo San José y al niño Jesús en los personajes de una familia campesina común. Por un lado, el padre que prepara un caldo a la mujer recién parida y por otro, pinta un momento cotidiano de la vida en cualquier casa: la madre jugando con el niño y el padre detrás trabajando para entregar un encargo. Nuevamente, vuelve la contemporaneidad de la sagrada familia en cualquier época, es como si el pintor alemán quisiera indicarnos donde y a quien mirar, seguir.

    Sus pinturas religiosas no fueron aceptadas por la Iglesias protestantes, por un lado causa de su influencia impresionista, y por otro por sus matices sociales. El ámbito religioso prefería tratar los temas sacros de manera convencional.

    Alrededor de 1890, Uhde se hizo profesor de la Academia de Bellas Artes de Múnich. Se unió a la Sezession – Secesión – de Múnich y más tarde, también, a la Secesión de Berlín. Sezession es el término con el que se conoce a varios movimientos artísticos de finales del siglo XIX, identificados historiográficamente con el modernismo, y caracterizados por la voluntad rupturista de un grupo de artistas que pretendían fundar un arte nuevo, moderno y libre, frente a las instituciones oficiales, que veían como tradicionales y anquilosadas. El movimiento secesionista más trascendente fue la Secesión de Viena que incluía. por ejemplo, a Gustav Klimt.

    Fritz Von Uhde murió en Múnich en 1911.

    Tiziana Valendino

  • La semana pasada estaba absorta leyendo el Cantico 49 de Isaías: «(…) Así dice Yahveh: En tiempo favorable te escucharé, y en día nefasto te asistiré. Yo te formé y te he destinado a ser alianza del pueblo, para levantar la tierra, para repartir las heredades desoladas, para decir a los presos: «Salid», y a los que están en tinieblas: «Mostraos». Por los caminos pacerán y en todos los calveros tendrán pasto. No tendrán hambre ni sed, ni les dará el bochorno ni el sol, pues el que tiene piedad de ellos los conducirá, y a manantiales de agua los guiará. Convertiré todos mis montes en caminos, y mis calzadas serán levantadas. Mira: Estos vienen de lejos, esos otros del norte y del oeste, y aquéllos de la tierra de Sinim. ¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! Prorrumpan los montes en gritos de alegría, pues Yahveh ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido.»

    En particular, me focalicé en estos versículos: «Pero dice Sión: «Yahveh me ha abandonado, el Señor me ha olvidado.» – ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido. Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuada, tus muros están ante mí perpetuamente.

    Estas pocas líneas del cantico de Isaías me recordaron una pintura, cuyo nombre es «Dejar que los niños vengan a mi», de un artista contemporáneo alemán, entre finales del siglo XIX y principio del siglo XX: Fritz Von Uhde.

    ¡Fritz Von Uhde es un pintor que me apasiona!!!. Sin embargo, en este articulo no me detendré en hablar de este artista y de sus obras, porque tengo pensando hablar en la próxima entrada.

    La pintura del artista alemán «Dejar que los niños vengan a mi», como su mismo nombre nos recuerda, representa la escena del Nuevo Testamento, Marcos 10, 13-16, en el que se cuenta que: «En aquel tiempo, la gente le llevó a Jesús unos niños para que los tocara, pero los discípulos trataban de impedirlo. Al ver aquello, Jesús se disgustó y les dijo: <<Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él>> Después tomó en brazos a los niños y los bendijo imponiéndoles las manos».

    La particularidad de Fritz Von Uhde es que pinta la escena que relata el Evangelio en clave contemporánea, es decir, Jesús con vestimenta de su época, sentado en una silla de madera maciza, en una casa del siglo XIX con suelo de terracota. Aquí, se acercan los vecinos del pueblo, para que Cristo conozca y bendiga a sus hijos; como en el relato del Evangelista Marcos: «En aquel tiempo, la gente le llevó a Jesús unos niños para que los tocara ….»

    Los papas y mamas de los niños son gente sencilla – más bien humilde -, como su corazón, que tal vez obedeciendo a una invitación del cura del pueblo (el hombre vestido de negro con cabello blanco, parece un sacerdote, con un alzacuellos blanco, cerca de una ventana, detrás de una mujer inclinada hacia su hijo), les propuso ir a ver a un hombre extraordinario que él conocía y ellos o bien se fiaron o ya habían escuchado hablar de El, por tanto era la ocasión de conocerLe.

    ¿Por qué en mi cabeza uní el cantico de Isaías con el cuadro de Fritz Von Uhde? Porque en la pintura del artista alemán vi concretizarse, encarnarse el salmo 49 de Isaías, en particular esta frase: «en las palmas de mis manos te tengo tatuada«; veo a Jesús que memoriza, se tatúa – es precioso ese verbo – en sus venerables manos los nombres de cada uno de los niños que se le presentan. Es más tiene tatuados los nombres de cada hombre y cada mujer de este mundo.

    ¿Qué significa escribir en la palma de la mano algo? Significa escribir lo esencial para no olvidar; cuando éramos pequeños lo hacíamos a menudo.

    Dios tiene tatuado en su mano mi nombre: Tiziana. Esta certeza nace de la experiencia de tener alguien cercano que se «tatuó» en la palma de su mano mi nombre, relacionándolo con mi Destino. Esta es la eternidad que empieza en mi vida terrenal.

    Tiziana Valendino

  • Simón Mormion VS Beato Angélico.

    Este es un collage de dos imágenes que representan a la Virgen María. La primera a mi izquierda es «La Madre Dolorosa» de Simón Marmion, pintor francés del siglo XV y a mi derecha es un detalle del cuadro «La Anunciación», del Beato Angélico, pintor italiano del siglo XV.

    María en estas dos pinturas no se encuentra en la misma circunstancia. En la pintura de Simón Marmion, la Virgen está en luto, como demuestra el color de su vestimenta; es la Virgen de los dolores del sábado santo, día en que su Hijo Jesucristo es crucificado.

    La describe muy bien el poeta Ch. Péguy en «El misterio de la caridad de Juana de Arco»:

    María su madre lo encontraba muy bien. Ella era feliz, estaba orgullosa de tener ese hijo. (…) Hasta el día en que comenzó su misión. (…) Lloraba desde hace tres días. (…) Lloraba y lloraba. Como ninguna mujer ha llorado nunca. (…) Seguía como si ella fuese del cortejo. De la ceremonia. Seguía como una acompañante. Seguía como una sirviente. Seguía como una pobre mujer. (…) Como una mendiga. Ellos que nunca habían pedido nada a nadie. Ella ahora demandaba caridad. Sin aparentarlo pedía caridad. Porque sin tener aspecto de eso, sin saberlo siquiera, pedía la caridad de la piedad. De una piedad. De una cierta piedad. Pietas. (…) Ella seguía y lloraba. Lloraba y lloraba. También ella había sufrido el calvario. También ella había subido, (…) había subido al Gólgota. Hasta el Gólgota. (…) Eso es lo que había hecho de su madre. Maternal. Una mujer en lagrimas. Una pobre. Una mendiga. Una pobre en la miseria. Una especie de mendicante de piedad.>>

    La pintura del Beato Angélico representa a María delante del Arcángel Gabriel que le anuncia el concebimiento del Hijo de Dios. En el Evangelio de San Lucas, el ángel expresa de esta forma la Promesa de Dios: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»

    María en aquel instante se estaba dedicando a rezar, como lo demuestra el libro que tiene apoyado sobre sus piernas. El Beato Angélico usa para ella dos colores, que normalmente se utilizan para pintar las vestimenta de Cristo: la túnica roja, símbolo en la iconografía cristiana de naturaleza divina; aquí se refiere al concebimiento del Hijo de Dios y por lo tanto, a ser la madre de Dios. Y el manto de color azul, símbolo de su naturaleza humana.

    ¿Por qué hice un collage de estos dos cuadros?, además de tratarse de dos pintores que seguramente ni siquiera se habrán conocido. Porque me impactó la postura de las manos de la madre dolorosa de Simon Marmion, ya que me recordó la misma postura de las manos de la Virgen en el Beato Angélico.

    En la Anunciación del Beato Angélico, la postura de las manos de María significan la respuesta que da al mensajero de Dios: Fiat – Hágase en mi según tu palabra -. Confía en las palabras de Dios. Y toda su vida será traspasada por este Sí a la promesa que le hizo Dios; también, el día en el que se encontró con el profeta Simeón, que la dijo <<Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma» (Lucas 2, 33-35). También, en aquella ocasión recordó la promesa.

    En el cuadro de Simón Mormión encontramos la misma postura de las manos, esta vez, delante de su amado Hijo crucificado. Siempre me he preguntado si María, viendo el martirio y la muerte de su hijo, dudó, es decir, si habrá pensado «¿Donde está ahora la promesa de Dios?, ¿Dónde está este reino que no tiene fin y del que mi hijo será rey?». Evidentemente, nunca tendré la respuesta – hasta que tenga a la Virgen delante de mis ojos…. -, sin embargo, el cuadro del pintor francés me dio la respuesta, o por los menos, una hipótesis de respuesta. María, también delante de la cruz dijo Fiat – hágase en mi según tu palabra -. No había motivos para dudar, había visto treinta y tres años de la vida de Jesús, y en particular, sus últimos tres años, en los que conoció a sus 12 amigos, vio a Lázaro resucitar, a un ciego recobrar la vista, a un leproso curarse y otros tantos, tantos acontecimientos extraordinarios. ¿Por qué dudar ahora? Tenía 33 años de experiencia de las maravillas que hace el Señor.

    Tiziana Valendino

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