Caravaggio, Chiesa di San Agustín, Roma

Alguien llama a la puerta. María la abre. Dos personas, un hombre y una mujer, ancianos de rodillas, con los pies desnudos, sucios de tierra e hinchados a causa de un largo viaje, piden suplicantes a la Madre de Dios una gracia.


De la vestimenta que llevan son gente humilde y pobre. María abre la puerta de su casa, no manda a sus sirvientes a abrirla, aún siendo la reina. Es ella misma que sale al encuentro de estas dos personas, empujada por una gran misericordia. Su mirada es atenta y de gran compasión.

La Virgen sale con los pies desnudos, signos de su humildad, pero está de pie sobre un escalón, su trono; un trono humilde como ella misma.

María lleva en sus brazos al niño Jesús. Le pesa y este detalle lo podemos percibir porque apoya su espalda sobre el marco de la puerta; como cualquier madre con su hijo en brazo.
El niño Jesús está en brazos de la Virgen, ella misma fue por mucho tiempo su templo antes y su trono después. Jesús está desnudo, signo de su inocencia, su cuerpo está envuelto en una sabana blanca, premonición del sudario con el cual cubrirán su cuerpo en el sepulcro. El niño Jesús tiene el dedo índice de la manita derecha levantado, parece como si quisiera bendecir a los dos ancianos.

Los peregrinos somos cada uno de nosotros, durante nuestro camino mendigamos a Cristo, a través de la Virgen, su madre, puerta del cielo.
Tiziana Valendino
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