Pietro da Rimini es un pintor cuya personalidad se ha podido descubrir gracias a la única obra, un crucifijo de la iglesia Dei Morti en Urbania, en la cual aparece su firma: «Petrus Arimino», con el que se ha identificado a Pietro da Rimini.

La pintura de este artista que me interesa contemplar durante esta Santa Pascua es «La Virgen con el niño», del siglo XIV y que se encuentra en el Museo de Ravenna (Italia).

Alguien se preguntará ¿Por qué nos propones en Pascua una pintura, que más bien, sería adapta en Navidad, dado que el nombre mismo de la obra de arte se llama «la Virgen con el niño»?.
Empiezo describiendo lo que nuestros ojos ven, mirando el fresco. Tenemos delante a María que acaba de parir, se nota porque todavía tiene tripita. Para contestar a la pregunta inicial, os invito a observar al niño Jesús, que sus manitas se dirigen en alcanzar un cáliz que le ofrece un ángel. El cáliz de color oro por fuera, por dentro es de color rojo oscuro, esto significa que contiene un liquido, que podemos suponer que es vino.

El niño Jesús se dirige hacia su vocación: coge el cáliz de vino – signo de la sangre de Cristo derramada en la cruz por la salvación del mundo -, que le está ofreciendo un ángel, es decir, un mensajero de Dios.
Madre e hijo cruzan sus miradas. Por una parte, la mirada del niño es serena, confiada en la relación con su Padre. Por otra, María obedece, no intenta agarrarlo, sino que sigue con su mirada a su hijo, que se dirige hacia el destino, por el que ha nacido. Me gusta imaginar a María que recuerda, en este instante, la promesa que solo hace unos meses le hizo el Arcángel Gabriel: «Será llamado Hijo del Altísimo».

Pietro da Rimini representa en este fresco todo el misterio de la Encarnación, es decir, la Navidad, porque engendra en si misma la Pasión de Cristo. El músico Tomás Luis de Victoria, en su pieza de música «Ave María» – a diferencia de la oración tradicional Dios te salve María, que termina: «Bendita tu eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús) -, dice: «Ave María, gratia plena, Dominus tecum, Benedicta tu in mulieribus et benedictus fructus ventris tui, Jesus Chrístus«. Aquí, el Arcángel Gabriel anunciando a María el nacimiento del hijo de Dios, le define Jesús Chrístus, es decir, el Ungido, el elegido por Dios para liberar a cada hombre y mujer del pecado.
El cruce de Mirada entre la Virgen y el niño Jesús recuerda, años más tarde, el encuentro entre la Madre y el Hijo, cuando este, con la cruz puesta en su venerable espalda, martiriada por las heridas provocadas por los látigos de la maldad, cae en la vía del calvario y Ella corre en su auxilio y Él la mira y dice: «Yo hago nuevas todas las cosas».
La mirada de María, pintada por Pietro da Rimini, expresa – la puedo ver – toda la vida de esta mujer trascurrida en el silencio, meditando, aceptando y obedeciendo a aquella promesa que no entendía y de la que no conocía el Destino. Esta madre que ve a su pequeño, al Amor de su vida, aferrar sin ninguna duda el cáliz del sufrimiento, hacia memoria otra vez de aquellas palabras de Jesús con 10 añitos que dirigió a sus padres: «¿No sabíais que yo tengo que ocuparme de las cosas del Padre mío?»; y cuales son estas cosas de la que se tiene que ocupar?, la felicidad y salvación de su creatura: el hombre, que vale hasta la última gota de sangre de Cristo.

La omnipotencia «del Hijo del Altísimo» no se expresa en la violencia o en la destrucción del poder adversario, como los sabios y eruditos israelí habían interpretado la venida del Mesías-Cristo, sino en «la aparente impotencia del niño que es lo mismo que decir la aparente impotencia del Crucificado» (José Luis Restán, «Diario de un pontificado, 2011-2013», Ed. Encuentro, pag. 27)
La cruz parece insignificante, como podría ser de escasa relevancia este fresco que os he propuesto, además es un fragmento…. sin embargo, conociendo la grandeza del arte y de la historia, este detalle del cáliz de vino que el niño Jesús acepta beber, encierra toda la potencia del universo. Encarnación, pasión, muerte y Resurrección que sin estos «síes» que bien María y bien Jesús no hubieran dicho, nuestra vida seguiría en las tinieblas y por lo tanto nuestra fe sería inútil, vana.
Tiziana Valendino
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