Noli me tangere» representa el encuentro entre Jesús resucitado y María Magdalena, narrado en el Evangelio de Juan. La historia del arte, en el curso de los siglos han interpretado este episodio ofreciendo lecturas diferentes, pero siempre intensas.
¿Quién es María Magdalena? En el ámbito artístico, su personaje es tradicionalmente el resultado de la superposición de varias figuras femeninas: es la mujer de la que Jesús había expulsado a los siete demonios; es la que rocía los pies de Jesús con aceite perfumado; es la testigo privilegiada de la muerte y resurrección del Señor; es la Magdalena provenzal que se retira a la gruta para llevar una vida ascética. Su representación iconográfica es, pues, un retrato compuesto de diferentes identidades, mezcladas por la tradición hagiográfica y evangélica; y gracias a ciertas pistas hagiográficas narradas en las Acta Sanctorum, los artistas has podido plasmar lo que se insinúa en estos documentos. En el cuadro de Laurent de La Hire (1606-1656), Jesús extiende sus dedos sobre la frente de Magdalena, y la sombra de su mano, como una caricia impalpable, se posa un instante sobre el rostro de la santa. Pues, el cráneo de la Santa, conservado en la basílica de Saint-Maximin en Provenza, «mostraba en la frente un trozo de piel con la huella de los dos dedos de Cristo» (L. Magnani, en Actas del congreso «Il Sacro nell’arte. La conoscenza del divino attraverso i sensi tra XV e XVII secolo», al cuidado de L. Stagno, Génova, 2007, pág. 156.).


En algunos artistas, como Beato Angélico o Giotto, la escena es carada de espiritualidad y silencio; es una versión mística y contemplativa.


A través las obras de estos dos artistas podemos observar un contacto dibujado en el aire, inexistente y palpable al mismo tiempo. Las manos de Jesús y Magdalena danzan en el vacío, encontrándose sin tocarse. Aquí el contacto negado es un contacto místicamente realizado. Al entrar en este espacio pintado, nos proyectamos en el jardín de la nueva creación, donde el nuevo Adán, Cristo, restaura la antigua armonía herida por el pecado.
Un camino diferente tomarán otros artistas y nos ofrecerán una versión más dinámica. María Magdalena tiene ansia de tocarle y contrasta con la calma de Cristo, porque no estamos atrapados en una dimensión temporal, no hay prisa, no se pierde nada.
Tiziano pinta una escena más sensual y con colores vibrante. El pintor, en un cuadro hoy custodiado por la National Gallery de Londres, nos propone un entorno campestre anónimo, donde no parece haber ninguna referencia explícitamente religiosa.

También aquí encontramos el tema del jardín de flores, pero, a diferencia del cuadro de Fray Angélico, el énfasis se pone en el contraste entre la tierra estéril bajo los pies de Magdalena y el jardín florido bajo los pies de Jesús. El paisaje tiene aquí otra finalidad: testimoniar. La aldea del fondo y el rebaño reunido en el valle serán los destinatarios del anuncio de Magdalena, es decir, la respuesta a la invitación de Jesús.
No obstante la distancia, la mirada sigue existiendo. Jesús no aparta sus ojos del rostro de María Magdalena; esta mirada existirá siempre. Él siempre nos mira. Las piernas y los pies de Jesús siguen en posición de crucificado, pero la torsión de su cuerpo nos da la figura de un hombre vivo y victorioso sobre la muerte. A diferencia de la escultura de Antonio Raggi, cuyo cuerpo de Cristo es todo victorioso y majestuoso.

También Miguel Ángel pintó un catón con este tema del Evangelio para su amada Victoria Colonna y, confió su realización sobre lienzo a Jacopo Potorno. La obra está conservada en la casa Buonarroti.

La dinamicidad de María Magdalena es más acentuada. Su cuerpo se lanza al abrazo con el Amor de su alma: «En mi lecho, por la noche, buscaba al amor de mi alma; lo buscaba, y no lo encontraba. «Me levantaré y rondaré por la ciudad, por las calles y las plazas, buscaré al amor de mi alma». Lo busqué y no lo encontré. Me encontraron los centinelas que hacen la ronda por la ciudad.—«¿Habéis visto al amor de mi alma?». Encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo solté (…)». Cantar de los cantares.
Aquí, existe una distancia que es más intima que cualquier abrazo.
Noli me tangere», es el momento en que el amor debe cambiar su naturaleza; la presencia física ya no es el lugar de su significado. La relación no se rompe, sino que se convierte en algo más, se desplaza a otro nivel, tal vez, más verdadero y duradero.
El espacio, la distancia entre ellos, se convierte en todo. No es perder el afecto, sino que el amor ya no depende de un contacto.
La mano extendida de la Magdalena hacia el Amor de su vida no encuentra lo que busca y, sin embargo, en esa ausencia algo mayor está tomando forma.
Tal vez, sea esta la Resurrección, no agarrarse a algo que fue, sino la transformación de la forma de amar, creer, permanecer, pertenecer.
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