
La «Anunciación» de Bartolomeo Vivarini, retablo renacentista del siglo XV, al temple sobre madera. Se encuentra en Modugno (Bari, Italia) en la Iglesia de Maria Santissima Annunziata.
La visita del Ángel Gabriel a María se desarrolla en el interior de una habitación. En una quietud, en un silencio que no abruma, al contrario está lleno de una presencia que da paz; y asimismo es un silencio que aguarda una respuesta. El gran San Bernardo de Claraval, cuando el ángel anuncia el plan divino, imagina al cielo entero esperando en silencio. Entonces, dirige a la Virgen estas palabras ardientes: «Responde pronto, oh María. Da tu consentimiento al ángel, por él al Señor. Di tu palabra y recibe la Palabra; pronuncia la voz efímera y concibe al Verbo eterno».
Fijaros en el vientre de María … «y el Verbo se hizo carne». En este instante la eternidad entra en el tiempo. La Palabra de Dios se reviste de carne humana, y el “FIAT” de María se convierte en el inicio de la redención. Para Bernardo, esa obediencia resume toda la fe cristiana.
María lleva una túnica de color rojo, simbol de su humanidad -amor, caridad- y de su profundo sufrimiento que compartirá con su Hijo. También en la Anunciación, como en el nacimiento de Jesús – San lucas escribe: «María dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales«- se desvela la pasión que atravesará Cristo. El manto azul de la Virgen María simboliza la pureza, la gracia divina de la que ha sido objeto desde su concepción. Bartolomeo Vivarini decidió representar al ángel con túnica azul y manto rojo; no es un «juego de colores», sino que tiene su origen en la formación artística del pintor: Vivarini es un maestro del estilo veneciano y la ciudad de Venecia tenía relaciones comerciales con Oriente y por lo tanto, con la cultura y arte bizantina. Esta combinación de colores es típica de la tradición bizantina y simboliza el ser celestial del ángel y anticipa el sacrificio al que el Hijo de Dios está llamado para salvar la humanidad del pecado original. María, la nueva Eva, que con su obediencia reparó el nudo de la desobediencia de Eva.
Cada detalle marca el umbral entre lo visible y lo invisible, entre lo que se sabe y lo que está a punto de revelarse. Algo excepcional está entrando en la historia para cambiarla para siempre.
San Bernardo exalta su grandeza en la humildad y escribe: “Podemos salvarnos sin virginidad, pero no sin humildad”. La Virgen fue escogida no por lo que tenía, sino por lo que carecía: orgullo, resistencia, amor propio. María, la humilde esclava, se convierte en el trono donde el Rey del cielo quiso reposar. María es el primer templo de Dios.
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